El Lligall: Publicació de l´Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - XII Concurs literari “Relat amb Toga” . 1r. premi (El Lligall 50)
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XII Concurs literari “Relat amb Toga” . 1r. premi (El Lligall 50)
 Dilluns, 19 de juliol de 2010

El Grup d’Advocats Joves de Granollers va organitzar, en el marc de la festivitat de Sant Ramon de Penyafort celebrada l’11 de juny de 2010, el dotzè concurs literari “Relat amb Toga”. En aquest número d’El Lligall us oferim el primer premi del concurs.

Autor: Ramon Ignasi Palau de la Nogal


LAS MANOS DE HONORÉ
“El conductor guía una pareja de caballos: el uno es hermoso y bueno; el otro está constituido de elementos contrarios y es él mismo contrario.” (Platón, “Fedro”)


En los medios informativos, con mayor o menor rigor, se narran a menudo crónicas del mundo jurídico, a las que poca credibilidad, por no decir nula, les atribuimos, por considerar que se tratan de bulos o confabulaciones, y las aparcamos en un rincón del olvido hasta que alguien las vuelve a sacar a relucir tras una opípara cena de amigos: juez norteamericano condena a aseguradora a pagar a anciana indemnización multimillonaria porque introdujo a su gato en el microondas para secarlo –y efectivamente lo dejó seco-, sin haber sido informada por el fabricante de que eso era letal para el animal; o al listo de turno que puso sobre el salpicadero del coche un vaso de café servido a excesiva temperatura que, a causa de un brusco acelerón, cayó sobre sus genitales, achicharrándoselos literalmente. ¡En qué cabeza cabe! Eran ésas el tipo de noticias que, sin creérmelas –si bien envidiando al hipotético abogado, por los honorarios que debió cobrar por llevar el asunto- conseguían arrancarme una sonrisa matutina, mientras apuraba el café -sin tomármelo en el coche, por si acaso-, antes de dirigirme a toda prisa a la oficina. Ante esas leyendas urbanas me mostraba agnóstico, como todos, hasta el día en que me fue asignado su caso y le conocí. Permítanme que se lo presente: se llamaba Honoré Funcasta, nombre que su padre, lector fanático de Honoré de Balzac, tuvo la genial ocurrencia de ponerle. A mi cliente, casualmente parecido al actor Anthony Perkins, se le acusaba de haber asesinado a sangre fría a su progenitor. Según Honoré, el día de autos su padre le había confesado que llevaba un tiempo dándosela con su mujer. Es de imaginar la escena: humedad en el lagrimal, un frívolo golpecito en la espalda y amago de abrazo consolador, que el hijo amablemente correspondió asestándole un hachazo en la cabeza. Por mucho que duela llevar este tipo de cornamenta, hace feo eso de matar a un padre, como hizo Honoré, hundiéndole en el cráneo una herramienta tan zafia y obscenamente cruel como un hacha. No obstante las evidencias incriminatorias -amén de las huellas dactilares de mi cliente esparcidas por todas partes, los vecinos le vieron salir de la casa de su padre silbando el “Raindrops keep falling on my head” de Burt Bacharach con el hacha ensangrentada al hombro-, Honoré me dijo que él no había ejecutado ese crimen execrable, digno de los más cutres episodios del Makoki, sino que habían sido sus manos las que por su cuenta lo habían consumado, sin que él hubiera podido controlarlas. Me relató, y así lo constataba un informe de alta hospitalaria del servicio de cirugía ortopédica que, por amputación total de las dos manos en un accidente, dado que las extremidades eran irrecuperables, se le transplantaron mediante clavos Steimann las de un cadáver no reclamado de identidad desconocida. Honoré estaba convencido de que esas manos habían pertenecido en vida a un psicópata, ya que, tras la operación, oía vocecitas que le inducían a delinquir, y que los impulsos homicidas eran cada vez más difíciles de reprimir. “Claro, claro”, le decía yo; “no se preocupe que haré todo lo que pueda”. Si exponía ante el juez la teoría de Honoré, el siguiente en ir al psiquiátrico sería yo. La mejor opción era tratar de aminorar la pena alegando trastorno mental transitorio. Y que fuera lo que Dios quisiera. Pero el juicio ni se llegó a celebrar: dos días antes, leía en el periódico que varón de treinta años (ni por un instante dudé que era Honoré) había sido hallado en su celda muerto por asfixia, con ambas manos comprimiéndole el cuello. “Las manos de Honoré le estrangularon porque creían que éste se exculparía delatándolas en el acto del juicio”, pensé por un instante para mis adentros al cerrar el periódico.




 
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