El Lligall: Publicació de l´Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - XII Concurs literari “Relat amb Toga” . 2n premi (Lligall 51)
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XII Concurs literari “Relat amb Toga” . 2n premi (Lligall 51)
 Dijous, 30 de desembre de 2010

El Grup d’Advocats Joves de Granollers va organitzar, en el marc de la festivitat de Sant Ramon de Penyafort celebrada l’11 de juny de 2010, el dotzè concurs literari “Relat amb Toga”. En aquest número d’El Lligall us oferim el segon premi del concurs.

Autora: Lorna Vallecillos

Títol: Recuerda Martínez



Como cada día a las 8.30, Don Anselmo cogió su maletín, su sombrero y su bastón y salió de casa. Caminó cinco minutos y a las 8.40 cogió el tren. Sentado, dejó caer el maletín en el asiento de al lado, lo abrió con cuidado y sacó un bloc de notas en cuya portada decía “RECUERDA”

Ojeó detenidamente las notas manuscritas del bloc con una minuciosidad y atención que pareciera que era la primera vez que las leía:

“8.30 horas: el maletín, el sombrero y el bastón. Salir de casa dirección estación de Renfe”.
“8.40 horas: Vía 2, tren dirección San Celoni”
“8.55 horas: Estación de Granollers.”

Don Anselmo estaba satisfecho de haber leído las notas después de subir al tren. “De momento, sólo las necesito para sentirme más seguro”, pensó.

Al llegar a su despacho, en la planta 3ª de los juzgados, ya sintió que hoy no era un día más. La mirada cómplice de Rosita, su secretaria en los últimos 14 años, y las sonrisas del resto del personal que allí trabajaba no podían ocultar el nerviosismo por pensar que mañana Don Anselmo ya no volvería.

“Buenos días Don Anselmo”, le saludó una joven. Tras unos segundos de indecisión, Don Anselmo le devolvió el saludo con un cariñoso “Buenos días Ana, que tal está el pequeño?”, “Bien, hecho un hombrecito, ahora Hugo se ha empeñado en ayudarme con la ropa de casa y podemos estar más de una hora plegando camisetas” Don Anselmo sonrió amigablemente imaginándose a Hugo desplegando todo aquello que su mamá intentaba doblar.

Se detuvo al inicio del pasillo que llegaba a su despacho. Por un momento se vio tentado a consultar el bloc, pero no lo hizo. Se irguió con seguridad y echó los hombros ligeramente hacia atrás, como si su cuerpo quisiera darle la templanza y tranquilidad que su mente se empeñaba en restarle.

“Tercera puerta a la izquierda” recordó que había anotado en su bloc, e inició el camino hasta llegar a la puerta de su despacho. Abrió la puerta, entró y la cerró tras él. Se sintió aliviado sabiéndose observado por el personal del juzgado que aunque disimuladamente, no podían evitar mirar de reojo cada movimiento que realizaba.

Colgó su sombrero y su bastón en el perchero. Su gabardina hacía días que reposaba en él, puesto que el calor había llegado casi sin avisar. Se sentó en su silla y volvió a mirar el perchero. Era uno de esos percheros de hierro forjado, altos, rígidos y con posibilidad de colgar a dos alturas. Mirándolo de frente no pudo evitar esbozar una sonrisa, puesto que la apariencia del mismo, le había recordado su propia silueta. “Hace tiempo yo también me sentía así, fuerte, seguro de mí mismo y sin embargo ahora …”

No pudo acabar de escuchar sus propios pensamientos cuando tocaron dos veces a la puerta. “Adelante, Rosita”. Siempre daba dos tímidos golpes en la puerta, como si no quisiera que el sonido de sus nudillos golpeándola entorpeciera en modo alguno la concentración de Don Anselmo.

“Don Anselmo, ¿cómo se encuentra hoy? Me imagino que feliz pensando en cómo disfrutará usted a partir de ahora de su familia! Y sobre todo de sus 3 nietos!” Aunque sabía la respuesta, prefería creer que Don Anselmo estaría bien.

“Sí, me siento muy feliz. Llegada una cierta edad uno tiene que saber cuándo dejar paso a las nuevas generaciones y disfrutar de aquello que ha ido creando a lo largo de su vida”.

Tras firmar las últimas sentencias que había redactado durante la última semana, Rosita lo dejó solo y Don Anselmo sacó nuevamente su bloc de notas.

“RECUERDA”, volvió a leer. Se reclinó hacia atrás en su silla e intentó verse en el pasado, 30 años atrás. Había sido un joven alto, de figura atlética y cuidada. Atractivo para las mujeres y, porqué no decirlo, también para algunos hombres. Los nervios al entrar en la sala, la toga planchada que caía con gracia y elegancia sobre sus hombros ensanchados por la práctica de natación. Un tono de voz cuidadosamente elevado, que transmitía seguridad en sus palabras y respeto en sus órdenes.

No por casualidad, repasó mentalmente y con una precisión asombrosa su primer juicio. Una familia unida, amable y sencilla, entristecida por verse en la necesidad de incapacitar a su padre, José, un hombre de 57 años que había acumulado algún dinero fruto de su esfuerzo regentando una empresa productora de zapatos. Recordó las lágrimas de la hija mayor de ese hombre al explicar que ya en dos ocasiones su padre no fue a buscar a su nieta al colegio. Incluso explicaba su propia mujer cómo en algunas ocasiones salía a la calle y después se le olvidaba cómo regresar a casa. “No recuerda las cosas cotidianas y sin embargo no olvida viejas canciones que cantaba cuando estuvo al frente”.

Don Anselmo rompió a llorar cuando recordó el dolor de aquella familia. El amor y cariño que sentían por José les impedía hablar negativamente pero no podían obviar el peligro que suponía su autogobierno. La incapacitación e internamiento del Sr. José fue su primera decisión como juez. Sin embargo también sería la última que recordara.

Tras recibir una placa conmemorativa por parte de los trabajadores del juzgado, se despidió cariñosamente de cada uno de ellos. Salió del edificio judicial. Algunos recuerdan su silueta alejándose calle abajo, su sombrero, su maletín y su bastón, pero desde aquel día nadie lo volvió a ver.

Sí encontraron días después de su desaparición, sobre la mesa del salón, la placa y su bloc de notas cuya portada en letras mayúsculas decía “RECUERDA”, y debajo, como con vergüenza se podía leer “OJALÁ PUDIERA”.




 
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