El Lligall: Publicació de l´Il·lustre Col·legi d´Advocats de Granollers - La soledad del manager (El Lligall núm. 53)
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La soledad del manager (El Lligall núm. 53)
 Dimarts, 20 de desembre de 2011

I concurs literari "lletre i dret"

II premi.

Títol: La soledad del manager

Autor: Ramon Ignasi Palau de la Nogal

“Nada que hacer y no hay donde ir, quiero estar anestesiado. Solo llévame al aeropuerto, déjame en un avión. Apúrate, apúrate, apúrate antes de que me vuelva loco. No puedo controlar mis dedos, no puedo controlar mi cerebro.” The Ramones: “I Wanna be Sedated”.



Ostia Antica fue una antigua ciudad portuaria del imperio romano, y la que a buen seguro me hubiera dado de haber seguido deambulando como un espectro errante sobre charcas cenagosas. Eso mismo le dije yo a una tal Luise Ciccone, para más señas Madonna (sí, sí, la diva del pop), mientras desayunábamos café con leche y porras sobre la mullida cama de la suite del hotel “Wellington” de Madrid, después de una noche de lujuria y desenfreno, arropados por el fulgor de una luna incandescente que iluminaba nuestros cuerpos desnudos y los rincones de la estancia con el pincel de su luz, en la que nos vimos súbita e inopinadamente envueltos tras concluir ella su estelar y aclamada actuación en el estadio Santiago Bernabeu, con la que cerraba su “Blonde Ambition Tour”. “Me planto. Lo dejo”, le espeté, mascando cada palabra a través de la cizalla de mis dientes, a la par que “Madonna” saltaba literalmente de la cama y se tapaba sus flácidas y carnosas vergüenzas con un batín fucsia, cortesía del hotel. Atisbé un airado mohín reprobador en su rostro reflejado en el espejo cuando se aplicaba sus afeites sobre las arrugas que surcaban el contorno de sus ojos de gata. Tras vestirse, sin despedirse siquiera con un ósculo o un “nos vemos”, “Madonna” abandonó la suite de un portazo, dejándome solo, desnudo, sin cartera –que me había hurtado en un momento de descuido-, y con la factura del hotel pendiente de pago. Es en verdad curioso cómo la memoria es el último superviviente del naufragio de nuestra existencia, cómo la empalizada de nuestras certezas se abate ante la leve brisa de la nostalgia: todo empezó cuando con Segis y Pruden, dos compañeros de la facultad de derecho de Bellaterra, tras acabar la carrera, sin saber qué hacer ni a dónde ir, fundé “La Silla Eléctrica, s.l.”, para gestionar, desde los mugrientos bajos de un edificio de obra vista de la Ronda de San Pedro, donde antes hubo un bazar pakistaní de venta de telas, el management de grupos de música locales, en los que tocaba el amigo de un amigo. Con el tiempo, a base de tesón, sudores y lágrimas, esa idea primigenia acabó expandiéndose para abarcar la producción, la contratación, el coaching, el road management, el merchandising y el advertising de nuestros clientes, organizando sus agendas de bolos, conciertos y flamantes apariciones públicas, hasta devenir, tras organizar con nota el “Doctor Music Festival”, una firma señera del sector a nivel internacional. No discriminar ningún potencial talento que, por poco que fuera, atufara a “royalties”, cuantos más mejor, era nuestra divisa, por muy aberrante que sonara su producto -grind core, groove metal, noise rock, etc.-, en fin, todo aquello que en ese entramado de etiquetas y estilos pudiera hacerse un hueco en la inmisericorde trituradora de las fauces de la industria discográfica para ser ofrecido para su consumo, envuelto con un lacito rosa, si cabe, a un público cada vez más sumiso y anhelante de su ración endovenosa de tele basura diaria, con estómago hasta para digerir piedras melladas, como también constituía nuestro lema hacer un poco de todo: escuchar ingentes cantidades de maquetas que cada día llegaban a la oficina, descartando aquello que nos sonara a insustancial, y por ende condenando al artista al ostracismo, o bendiciendo con el plácet a los bienaventurados que elegíamos, acogiéndolos en la tierra prometida, cuyas carreras musicales, hasta que dijeran basta, nos encargábamos de promocionar. No nos dolían prendas si teníamos que ir a la farmacia de turno para comprar para nuestros clientes preservativos o inyectables de vitamina B-12 o cobalamina para insuflárselos, a fin de que se les pasara la kurda y pudieran mantenerse más o menos en pie en el escenario ante su público. Y llegado el caso, les sacábamos las castañas del fuego, defendiéndoles en juicio o fuera de él, si le habían partido la cara a algún crítico musical impertinente que se había pasado de la raya, o si, embotados hasta las trancas de psilocibina o cualquier otro psicotrópico, habían montado algún sarao. Ya se sabe: un abogado acaba haciendo lo impensable e indecible en pos de la íntegra satisfacción de las excentricidades de su cliente, que, a fin de cuentas, es quien le paga. A pesar de hallarme en el cenit de mi carrera, hastiado de esa poco gratificante vida de estrés, dejando impagada la dolorosa del hotel en el que había pasado una noche con “Madonna”, emigré con lo puesto a la localidad mallorquina de Deià, arropado por la Serra de Tramontana, donde Robert Graves, el escritor de “Yo, Claudio”, disfrutó de un dorado retiro, el que yo creo merecer. Ahora me dedico a la sana actividad de cultivar melones en mi huerto para venderlos en el mercado municipal de Marratxí, alejado de mi galería de monstruos...“¿Cuántos melones le pongo hoy Sra. Herminia?

 ¡Piense que ni los de Villaconejos!”




 
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